Friday, October 19, 2007

¡Bienvenidos a los cementerios!

Así nos recibió el fundador de Funerales Reforma, don Francisco Acevedo, el jueves pasado al iniciar una gira por el Cementerio de la Villa, las críptas de Catedral, el Cementerio General y el Jardín del Hermano Pedro. Orientada para la Prensa estuvo dirigida por el historiador Miguel Álvarez Arévalo y fue reveladora en muchos sentidos.

Para empezar, vimos cómo funciona el crematorio del Cementerio de La Villa, servicio que ya tengo pagado: una forma higiénica, rápida y efectiva para disponer de los restos mortales e ir al descanso eterno. Este cementerio es una copia en pequeño del General, con monumentos de cierto valor arquitectónico, de aspecto gris, más bien aburrido.

Luego fuimos en coasters a la Catedral. Las críptas abren el 1 y el 2 de noviembre, todos los años. Así que fue toda una experiencia entrar antes. Subterráneas, húmedas, de techo bajo y abobedado y paredes encaladas, con pasadizos clausurados y lápidas escritas en latín o en un español anacrónico, mal iluminadas y llenas de muertos ilustres, son una verdadera experiencia gótica viviente. Sería fabuloso quedarse encerrado por allí una noche, a ver si de pronto no salen los difuntos, mitrados o con uniformes de generales, junto con una que otra vieja de plata de aquellos tiempos, a danzar una verdadera y horrorosa danza macabra.

Cuando me rezagué del grupo vino a mi mente el soundtrack de Doom I, vi a los esqueletos saliendo de sus nichos y en mis manos al poderoso rocket launcher disparando para hacerlos pedazos. Estaba por aparecer un caco-daemon flotante, lo sabía, pero encontré una ventana por donde se filtraba luz, mientras las voces distantes del grupo me sacaban del ensueño.

De nuevo a las coasters para ir al Cementerio General, tal vez el que contiene más monumentos en Centroamérica. Guiados por el conocedor ojo de Álvarez descubrimos la riqueza histórica, arquitectónica y artística que acumula. Muchos de los mausoleos están en restauración pero uno, en particular, desvencijado y en abandono, me hizo detenerme un momento para esperar la aparición del conde Drácula. Otos, deben ser motivo de admiración, como el famoso dedicado a Agripina.

El lugar está un poco descuidado, sobrepoblado y, según me cuentan, es peligroso porque asaltan. Pero allí están los restos de expresidentes (
Barrios, Barrundia, Ubico Castañeda, Ydigoras, ¿será que se llevaron todo el pisto con ellos?), hay espacios dedicados a nacionalidades (alemanes, chinos, italianos), en uno incluso hay una insignia de la American Legion, y es fundamental ver el de la familia Castillo: un hermoso anacronismo al estilo del antiguo Egipto. Muchas de sus estatuas vinieron de italia, están talladas en mármol de Carrara y son mudos testigos de una era para siempre ida.

Lo interesante es que no lo sentí tan tétrico. Es más, si fuera seguro, sería bonito para pasear un domingo. Y lo mejor, sería visitarlo de noche.

Luego, llegamos al Jardín del Hermano Pedro. Después del General y de Catedral éste se siente simple, a lo gringo y por tanto, también aburrido. Pero, en efecto es un jardín y pronto se olvida que se trata de un cementerio. Allí descansan los restos del Reportero X, muerto cuando el FRG incitó a la violencia por medio del gamberrismo. Una breve ceremonia, un almuerzo al estilo velorio, y un evento especial: nos dieron globos para escribir en ellos un mensaje a los que se fueron. Yo envié cuatro, otros sólo uno. Y fueron efectivos los necromensajes: ví a varias personas conmovidas, a punto de llorar. Para finalizar, hubo una rifa en la que Prensa Libre salió más que airosa.

Luego, de vuelta a La Villa para recoger los autos e ir al trabajo y al mundo de los vivos. Durante el trayecto, de unas 8 horas, vienieron a la mente las excursiones de colegio y muchos de nosotros no perdimos tiempo en volver las páginas de los cuadernos para revivirlas. Fue una experiencia estimulante, bien organizada, atendida con esmero y nos enseñó que los habitantes de las necrópolis están bien muertos, pero que ellas están bien vivas: albañiles, jardineros, administrativos, visitantes y largos no dejan a los difuntos en paz durante el día. Por cierto, don Francisco nos acompañó sin melindres todo el tiempo, mientras algunos de nosotros, evidentemente más jóvenes, estábamos a punto del desfallecimiento por el cansancio.
Imágenes, 2007. Fotos de grupo: Jorge Iván Ixcamparic, vía Silvia Lanuza.

2 comments:

Anonymous said...

Linda la parte de enviar los mensajes hacia arriba. Me uno a ese sentimiento.

Claudia

Leon said...

Es una forma hermosa de recuperarlos aunque se por un momento. Y ver a los globos elevarse provoca un sentimiento primordial. Es extraordinario.