Thursday, April 19, 2007

Stalking Actions o yo fui un cuije adolescente

En los años 50 existía en Guatemala la tecnología del cuije: si el macho de la especie debía ausentarse, aunque sea por un día, dejaba encargada en un primo o hermano, de preferencia, o en un amigo muy íntimo, la tarea de vigilar a su novia para comprobar su fidelidad. Se elegía a un pariente porque no era raro escuchar historias de cuates que habían difamado a la traida para quedarse con ella. Semejante barbaridad aún está vigente pero ha cambiado, gracias a la tecnología y a la motorización de las clases medias.

Por ejemplo, no recuerdo cuántas veces he acompañado a amigos o amigas para pasar en carro frente a la casa de sus parejas y vigilar si el auto del otro, o de la otra, se encuentra en los alrededores. La hora no importa, pero la vigilancia se agudiza si la relación pasa por momentos difíciles. A su vez, se comprueba si el auto de la pareja está en el garage o en el parqueo donde pase la noche. Por eso, en varias ocasiones y aprovechando que la novia o el novio no me conocían, fui yo quien se bajó del carro para ver por hendijas o a través de barrotes cuáles carros estaban en la casa.

Lo más patético del cuijismo (que desconoce clases sociales y niveles académicos) es que a veces no se vigila si la chava (o el chavo) sale con otro, sino si ciertas amigas, desagradables para el hombre (o la mujer) en cuestión, la buscan. Y en la lista se podrían incluir, de vez en cuando, a primas y hasta a hermanas. “Aunque usted, no lo crea”, he sabido de casos semejantes solicitados por tipos que viven fuera de Guatemala. Por ser cuije me he visto en vestíbulos de hoteles, en salas de cine, frente a casas vigiladas (en esa ocasión, nos echaron de la calle) y, ¡oh vergüenza!, merodeando hasta en derredores de moteles.


En vista del auge de los bypass telefónicos en las líneas de tierra, para visualizar de cuál número llaman, y de que los celulares registran el número de la llamada entrante, no hay más remedio que salir a la calle para llamar desde un teléfono público, escuchar quién contesta la llamada (y comprobar si el significant other está en casa, en casa de amigos, donde dijo que estaría o si pidió que lo negaran). En su defecto, si el servicio público no es opción, se pide favor a un amigo cuyo número la pareja no conoce, para que llame. “Haceme favor, llamá a éste número y me decís quién te contesta”. Procedí desde el teléfono de mi casa, respondió una chica de voz muy sugerente y me limité a disculparme por haber marcado un número equivocado. De vuelta, a llamar al cuate, “¿quién te contestó?, ¿cómo era el ruido de fondo?, ¿se notaba molesta o alegre?”. “Bueno, una chava y se oía como que había fiesta pero ella se sentía con hueva”. “¡Hija de la gran puta! No me invitó la muy desgraciada, ¡ahora sí!, qué coma mierda la pizadita, yo, aunque hemos estado peleando, siempre la invité a mis fiestas, gua, gua, gua...”. La escenita terminó con unos tragos en el entonces fashionable bar, Sherlock’s (a donde llegó la traida después, acompañada del otro, pero esa es otra historia).

Otro modo del cuijismo, tal vez el más chafa de todos, consiste en apostarse, al estilo de Sherlock Holmes, semiescondido tras un poste, el vano de una puerta o dentro del carro, para vigilar los movimientos de la pareja: a qué horas sale, entra, qué prendas lleva, si va en compañía de alguien, en fin, labor detectivesca, fútil, pero inevitable. Y también terrible porque, al fin y al cabo, resulta propia de una cultura machista que fomenta la desconfianza, los celos, la dependencia y la baja autoestima. Recién, me confesaba un amigo sentirse como rata por haber considerado vigilar a su ex. Lo calmé, “no tenés idea”, le dije, “de cuántos de nosotros hemos hecho lo mismo, y no precisamente solo una vez en la vida, contra varias parejas”.

Solo como apunte final, y para mi descargo, declaro que nunca he dejado cuijes ni he vigilado a mis novias y por eso, varias veces, algunos me han advertido que tenga cuidado, que de plano las mujeres me miran la cara.
Imagen: Teléfono en La Antgua Guatemala, según la revista 2600.

9 comments:

Anonymous said...

Viendo la foto y leyendo el post... un cuate se auto cuijió... andaba taloneando a su chava y la llamó desde un público a media cuadra. El dijo andaba BIEEEN lejos, de pronto la iglesia evangélica puso la música.. que ella escuchó en vivo y por el teléfono... pobre cuaz frikeó y salió casi corriendo.

Por eso... a la milpa no se le descuida

klavaza said...

¡Ja! Esa tu historia sí estuvo buenísima, qué genial: por eso, hay que ser transparente, para evitar clavos, y sobre todo, no ser un pinche controlador.

Anonymous said...

Ah, este post me hizo reír pero también recordarme de un episodio bastate feo, por ponerle nombre. Hace muchos años (no soy tan vieja, pero si ya hace muchos) una amiga quería cuijiear (no conoció el nombre de lo que andábamos haciendo) a su novio, en realidad era una tontería, pues quería pasar por la casa para ver si estaba. El asunto es que antes de llegar al colegio, nos fuimos a la casa del fulano, y oh sorpresa, el que estaba era el suegro de mi amiga y ella se descontroló tanto que salió zumbada (ibamos en moto)y la muy babosa no vio un alto. Con tan mala pata que en ese rato venía un carro que obviamente no paró. La historia terminó en ambulancia, hospital, operaciones y cicatrices, y bueno, ellos se casaron un tiempo después.

klavaza said...

¡Qué mala pata la de la cuata! Menos mal que alfinal la historia tuvo final feliz, con ella vestida de blanco. Esas cicatrices, si la ves, decíle que son trofeos de guerra...

Anonymous said...

la de la mala pata fui yo, pues ella solo se quebró la nariz, que no fue nada comparado con 3 operaciones y mas de un mes en cama

klavaza said...

Entonces, los trofeos son tuyos!!!!

Duffboy said...

Este ha sido uno de tus mejores posts. El lado oscuro del corazón, dirían. Qué lo siento Marielos, pero al menos fuiste "buena cuata" y le echaste el hombro a tu desafortunada amiga, pagando con tu propia salud.

JAD said...

jaja que buenas historias, yo tambien me acuso pecador....

David Lepe said...

Que genial mano. Pues yo sí espié a una mi pareja. Nunca más lo volví a hacer. Porque quien busca, encuentra.