"Alone, a handful of primitive men...", recordaba las palabras de Madame Blavatsky mientras acariciaba el lomo, dentro del bolsillo de mi chumpa, de una edición pirata de su Doctrina Secreta. A la vez, la calzada del cementerio me parecía más ancha, lóbrega y difícil de recorrer. Volvía del entierro de un pobre ochentón solitario, quien se fue de este mundo sin deudos ni lujos. Tuvo lugar a la orillas de un barranco acompañado por una macabra sinfonía que aunaba al golpeteo de la tierra, cuando caía sobre el ataúd, el reclamo de aves carroñeras, el siseo insistente del viento, los gemidos de dos viejas desconocidas y el ruido de gruesas gotas de una llovizna de breve duración, pero intensa cuando chocaba contra orinadas láminas puestas al lado de una pared a medio levantar.“Este tuvo suerte”, me dijo el enterrador cuando terminó, “porque hoy mismito en la noche se vuelve a levantar”.
Quise caminar para leer algunas lápidas, a pesar del cielo encapotado, el frío y la falta de gente. Tomé una vereda cualquiera y lo hice hasta que un hombre de mirada torva me distrajo. "Don, cierran la puerta a las y media y ya son las cinco". "Gracias". Apresuré el paso para volver pero una mujer vestida de negro, a la moda de los años 40, con cofia y un velo fino sobre el rostro, me detuvo. "¿Cómo estás?", me dijo. La voz estremeció hasta mis huesos, mientras fingía compostura. "¿Y tu?", respondí con cautela.
Sabía de sobra que había sido enterrada hacía más de una década, pero su olor y el calor que despedía despertaron de nuevo el apetito que sentí alguna vez por ella. Pronto olvidé el miedo ancestral que inspiran los muertos. Empecé a recorrer aquél cuerpo de palpitante lujuria. "No regresé a coger y además nunca lo hice contigo", me dijo con firmeza. "Me llaman de vuelta tu indiferencia, tu desapego y tu desgraciado olvido".
"¿A dónde se puede visitar a los muertos?", le pregunté. "En sus tumbas, en tu memoria, en muchas otras partes o, acaso, ¿me encontraste sustituta?". Esas palabras trajeron recuerdos, encerrados bajo siete sellos después de su partida. De otra manera, la locura y el caos hubieran sido los inevitables escalones para llegar a un destino seguro: la muerte.
Nos veíamos a menudo, siempre de noche para exigir lo mejor de la buena mesa, de la lectura, la música, el cine y la poesía. Compartíamos nuestras intimidades y éramos, así lo decía todo el mundo, los mejores amigos. Pero nunca me permitió tocarla y esa prohibición, que nos llevó a considerar al sexo un tabú, inflamó mis apetitos. Recuerdo aquellas tardes, imaginando su cuerpo. Mis fantasías no conocían límites, ardían como una llama encendida para iluminar sentimientos, deseos y retorcidas pulsiones. Se convirtió en única, en más que diosa y en menos que puta: me excitaban las puntas de su cabello, sus axilas, el movimiento de sus rodillas y hasta la forma como bajaba los párpados. Disfrutaba sus pies desnudos o pensaba en besar sus arcos cuando calzaba tacones escotados.
En ocasiones debía correr al baño, en el trabajo, en el cine o en mi apartamento, para desahogar aquella pasión sin esperanza. Así terminaba esos tristes ciclos de celo, seguidos por un breve, brevísimo, periodo de tumescencia psicológica y de frustración que desembocaban en ira. Ira porque todo estaba en mi cabeza y aunque tuviera erecciones de caballo, sabía que era impotente, inútil, una basura indigna de recibir siquiera una caricia que ella reservaba para muchos otros.
"¿Por qué nunca me dijiste nada, por qué fuiste tan hipócrita y tan complaciente conmigo?" Su pregunta interrumpió mis recuerdos y al ansia que venía en camino. De golpe sentí otra vez cómo la vida jugaba conmigo. Ahora, mostrándola tan deseable como siempre, tal vez incluso por fin dispuesta, pero cuando ya estaba muerta. "Sí", me dije, "esa es la intención, abofetearme la imposibilidad sin ningún miramiento". "¡Maldita vida, hija de puta!", exclamé. Me vio sin mover un músculo, se puso el índice en los labios, dio la vuelta y se fue. "¡Ojala sea para siempre!", me dije en voz alta, con intención de ofenderla y provocarla, pero ya se había ido.
Sentí más fuerte el frío y recordé, "a las y media". Apresuré la salida. La puerta principal ya estaba cerrada pero una de las pequeñas laterales no. Salí. Estuve de pie al lado de un puesto de flores, sin saber a dónde ir. Cuando mi cerebro empezaba a desconectarse y una sensación de abandono se apoderaba de mí, alguien, en el puesto o en otro lado, subió el volumen de un equipo para escuchar a máxima estridencia The Justice of Roma. La voz del cantante de Rosae Crucis entró a mi conciencia como un escalofrío del más allá. Volví, como lo hizo ella, sin saber si yo también estaba muerto, si morí con ella, o si sólo soy un zombi, un cadáver viviente que se alimenta de sus propias fantasías.
Ya había oscurecido. Empecé a caminar para mitigar el frío.
Foto: Vereda en Mixco Viejo, detalle, 2004.




Ojala sea cierta (tu intención de llegar a publicar un cómic). El arte tiene el defecto de darse sólo a quien la cultiva, y es cruel. Quien no practica, no hace nada, y a veces, el mediocre pero industrioso logra obras bonitas. Vos tenés el talento, así que dejá de perseguir quimeras, ponéte las pilas y entrále a la creación, porque en mi humilde opinión tenés futuro en estos menesteres. Abundan los viejos que andan por ahi ladrando, "cuando era joven pintaba y escribía", también escribís, me consta, pero excusan su inactividad tras el chance, los hijos o porque según uno de ellos, "tuve que dejar los huevos tirados en el camino para hacer algo de pisto". Después de la queja viene un lamento cuya cola siempre es "por eso nunca le entré". Que horrible. Leéte "No señora mía, no son para tiempo de ocio" (más abajo, en este Blog). Aunque no se aplique a vos del todo, corrés similar riesgo. Tené cuidado, después, no son las musas del arte, sino sus demonios, los que te pasarán factura por no haber respondido al llamado, como dicen los dioses cristianos en la Parábola de los talentos: "...a ese siervo inútil, echadle a las tinieblas de fuera. Allí será el llanto y el rechinar de dientes".























La pequeña presa


