Sacrificio final
La penumbra dejaba entrever a un fiel arrodillado frente al comulgatorio. ¿Cómo entraste al templo?, le preguntó el cura con timidez, sin obtener respuesta. ¿Necesitas ayuda?, insistió. Al acercarse distinguió con repugnancia a un torso desnudo, sostenido sobre un macabro trípode formado por los muñones de las piernas y una espada que le hendía las nalgas. La lengua de fuera y una herida en el cuello, figurada como una segunda boca, agregaban un grotesco adorno al rostro contorsionado hasta por el último suspiro.
El sacristán y el mismo cura buscaron los miembros o restos de sangre, pero la limpieza parecía normal con excepción del olor dulzón emanado por el tronco, el último de los doce que aterrorizaron los maitines de la congregación; uno cada mes, durante un año. El cómplice silencio de los pocos enterados de los crímenes fue clave para desmentir los rumores que contaban sobre misas negras, sacrificios y orgías nocturnas celebradas en túneles secretos ubicados bajo el edificio. Por la profesada derecha del cura hasta se afirmó que el Gobierno utilizaba al santo lugar para torturar a sus opositores con la venia de la Iglesia.
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La pequeña presa
“Hoy es un día espléndido” le dijo Ximena a Melissa. “Estar recostada contigo, lejos de mi padre, me hace sentir eterna. ¿Cómo era el tuyo?”. El aspecto infantil de la adolescente escondía su vehemente lascivia y la dulzura de su voz a una fobia y un sadismo incontenibles contra los hombres. Sin embargo, aquella criatura se comportaba ante su amante como mascota faldera.
Melissa no respondió, al fin de cuentas en su vida abundaban las ximenas, pero pensó, "mi padre no fue padre, sino verdugo". Oteó al horizonte sin alcanzar la otra orilla del lago a pesar de que la suite, la más lujosa de las cinco del exclusivo hotel de Atitlán donde se alojaban, estaba situada en lo alto de un monte. El cielo prístino, azul intenso, distrajo un momento su discurrir. Le pidió a Ximena que encendiera una veladora y el olor de la mecha quemada le recordó la última vez que escuchó la voz de su Maestra, haría unas décadas, en los restos de un templo del Culto. Aquellas palabras resonaron de nuevo en sus oídos:
“Adoradora de la inmemorial Kískil-LiLá, te entrego a perpetuidad esta Corona, suma de las doce pruebas que has ganado. ¡Responde y serás una Gran Lamia como yo!”. Melissa, arrodillada, vestida sólo con su emoción, contenida por la trascendencia del rito de su penúltima investidura, vio a los pies de su Maestra, se concentró y murmuró casi para sí, tsiyiy pagash ‘iy sa‘iyr qara‘rea‘ liyliyth raga‘ matsa‘ manowach(1). Después simbolizó su juramento de secreto eterno con un beso a las correas de plata de las lujosas sandalias de la Maestra.
“Yo desato toda atadura que te haya sido impuesta aquí o en cualquier otro plano, ahora tienes la dignidad de mis predecesoras. Te has convertido en depositaria de nuestra sabiduría: me sucederás como cabeza de nuestro culto si algún día superas nuestra última prueba”. Cuando la Maestra elevó su espada, antes de consagrar a Melissa al oscuro sacerdocio de Lilith, la nueva Lamia sintió el orgasmo más intenso de su vida.
Sus recuerdos cesaron cuando la pequeña mano de su amante se deslizó despacio sobre uno de sus muslos. El estremecimiento carnal la acercó tanto a Ximena que hasta sintió lástima, porque sabía que pronto la convertiría en una presa más de sus incontables cacerías.
“A veces me pregunto, hace tanto tiempo ya, ¿cuál sería el destino del último sacrificado?”. “Tal vez está encarnado en rata”, le sugirió Ximena con sorna, porque intuyó de qué le hablaba. Melissa calló con una sutil sonrisa y empezó a devolver la caricia, primero, con delicadeza, pero, conforme el ardor se apoderó de ella, con creciente intensidad hasta llegar al salvajismo, único modo que tenía para lograr un orgasmo que sólo se detuvo cuando perdió la conciencia.
Llamas de un blanco intenso lamían sus carnes pero sin causarle dolores. Más bien sentía agrado hasta que un hedor insoportable la hizo vomitar. De entre el fuego, como quien separa cortinas, apareció el rostro consumido de la última víctima, suplicándole a gritos que le diera paz sacándola de allí, también le juraba venganza por haberla matado con su propio gladio. Los berridos de la entidad la sacaron de la pesadilla con agitación y jadeos.
Mientras, Ximena asía su mano y la sacudía para que despertara. Cuando Melissa por fin abrió los ojos vio que había mordido los pezones de su amante hasta sangrarlos. Sintió cólera porque el sueño era una advertencia contra sentirse invulnerable. Para tranquilizarse agarró a la niña por el cuello y sin culpa alguna la devoró con la lentitud con que come un escorpión. Sabía que tardaría días en recuperarse del festín pero su necesidad fue más poderosa que el único cariño que había tenido en su vida.
Destino
Aún no anochecía. El triste y lento tañer de una campana la sacó del sopor derivado de la comilona. Lo escuchó seis veces seguidas con la piel erizada: era el llamado que ansió durante décadas. Tomó su libro de rituales y seis onzas de oro, piedras preciosas y monedas romanas con efigies de diosas. Se vistió con sus prendas favoritas. "Pronto", pensó, "pronto, en el Templo".
Emprendió el largo viaje. A pesar de haberlo hecho antes varias veces las horas transcurrieron como si un embudo detuviera su decurso. Por fin alcanzó su destino. Un caballo negro más bien macilento la esperaba al final de una vereda rural. Era noche de luna llena, cantos de grillos y vientos sibilantes. Al verla, el animal bufó mientras la evadía encabritado pero ella con un leve ademán le devolvió la calma para montarlo a pelo de inmediato. Sin vacilar, el jamelgo trotó para internarla en las entrañas de la oscuridad.
Como era su costumbre cabalgaba con la cabeza cubierta. Mientras llegaba se hundía en una profunda meditación para evitar que los temibles cerberos de su conciencia la atacaran con desagradables recuerdos. Nunca sufría de remordimientos, pero intuía que existían poderes capaces de arrasar con ella(2).
No supo cuánto tardó el recorrido. A pesar del tiempo, las puertas del Templo lucían como las recordaba. Desmontó. Sus piernas temblaron, no por esfuerzo ni por fatiga, sino por temor. Temor de no superar la última prueba y de caer en el Abismo. Pero el destino estaba marcado para ella ese día y a esa hora. Sin vacilar más tocó tres veces, como se había pactado, y esperó hasta que una voz le pidió una clave. "Tertium" fue su respuesta. Como si de un ábrete sésamo se hubiera tratado ambos batientes retrocedieron con lentitud para dejarla pasar, pero sin separarse por completo.
Una joven rubia que le pareció apetecible, pero de terrible aspecto, la recibió. "Maestra, bienvenida a casa, La Más Grande te espera. Ya conoces el camino". Con una genuflexión terminó el saludo. Melissa, con paso lento, se dirigió hacia el Altar del Templo en donde una figura encapotada, inmóvil, parecía esperarla. Cuando estuvo frente a ella la saludó con la cabeza, rindió su espada en señal de humildad, le ofreció el oro y los demás presentes y volvió a esperar.
"Tu hora llegará si puedes tomar mi sangre, mi esencia, para unirte conmigo. De lo contrario ya sabes cuál sería tu único posible destino. ¿Estás dispuesta?". "Soy tuya, Maestra", respondió Melissa con un leve temblor de voz. "Empecemos", dijo la vieja Lamia, mientras encendía una enorme antorcha de bronce cuyo fuego, a pesar de su descomunal tamaño, apenas iluminó el lugar en donde estaban.
Mientras las sombras parecían querer devorar los destellos de las llamas la anciana recuperó las fuerzas que la hicieron grande en sus años mozos. Con voz atronadora invocó la compañía de las potencias más oscuras, "para que decidan quién merece este Trono".
La Maestra condujo a Melissa hasta una habitación oscura en donde la dejó desnuda. Habrían de transcurrir seis horas antes de iniciar la prueba final. Mientras, la ahora candidata meditaba elevada sobre las puntas de los pies, como si quisiera levitar. Cuando el cansancio se apoderó de ella cayó desfallecida hasta llegar al blackout.
Dos jóvenes vestidas con hábitos negros la despertaron. “Maestra, llegó la hora”. Después de un baño con agua lustral que desembocó en orgía comió una pequeña porción de caviar con kiwi, pescado cocido y mijo. No bebió.
El combate
En una pequeña estancia la armaron con un peto de cuero y metal con hombreras y rodelas, diseñado para no detener su agilidad. Debajo, una lóriga ajustada a sus pechos, como si de seda se tratara, la hizo sentir frío. Botas de cuero hasta medio muslo con puntas de acero pulido y pintado de negro protegían sus piernas. En su cabeza pusieron un casco de acero adornado con fieras mitológicas e invocaciones arcanas, a modo de talismanes.
No llevaba ropa interior, le pintaron el rostro de negro y finalizaron con los guanteletes. Cuando le devolvieron su espada, las edecanes la dejaron sola para que buscara a su oponente. La encontró en un patio enorme. Al verla fijó la mirada en ella y para desafiar su autoridad elevó el arma por la empuñadura con la punta hacia abajo.
Melissa se lanzó conjurando el arma contra su mentora. Sin mediar palabra la vieja esperó incólume para lanzarla a metros de distancia con un movimiento circular del brazo. A pesar de que su armadura parecía pesada, con un salto asombroso se acercó para darle un golpe con el canto del arma. Para evitar una segunda embestida, herida segura, Melissa optó por retirarse para fortalecerse y ganar espacio, pero su Maestra la seguía sin tregua con la evidente intención de doblegarla sin dejarle más remedio que enfrentarla con las mismas intenciones.
Cinco, diez, quince minutos, Melissa nunca supo cuánto tiempo combatió contra aquél demonio disfrazado de senilidad. Extenuada, jadeante, con la mente embrutecida, cargaba su cuerpo como a un bulto inservible sin contar las heridas causadas por su rival, la más reciente en un pie. Aún así no se rendía en espera de un tercer aire, porque el segundo se le agotó. La anciana no era del todo inmune, estaba cansada por dos golpes que podrían ser graves, pero todavía peleaba como fiera enloquecida.
Melissa quiso pronunciar otro conjuro pero su garganta, lacerada por el pomo de la otra espada, ya no podía emitir sonidos. Cayó de rodillas. Intentó proseguir pero ya solo fantaseaba con que aún sostenía su arma, hasta que las fuerzas la abandonaron. Un campo negro se apoderó de su mente, ensordeció y empezó a vomitar sangre. Cuando inspiraba sentía que tragaba fuego. De la negrura surgió aquél hechicero que fuera su padre como lo vio la última vez, para gritarle, “perra, perra maldita, fallaste, te dejaste encandilar por...”.
Al abrir los ojos descubrió que frente a ella estaba su Maestra, no su padre, aullando el resto del insulto, “...el mundo material con sus estúpidos oropeles, por eso ha llegado tu final. Hoy serán mis manos las que te pierdan para la Eterna Noche del Abismo: húndete en ella para siempre”.
Mientras la espada caía hacia su nuca, Melissa se vio flotando sobre la escena del combate. Su Maestra, ahora a su lado, se sostenía con la ayuda de las edecanes y la rubia de aspecto terrible; pero en vez de triunfante lucía decepcionada.
Al verse rodeada supo que el final la acechaba. Con dignidad aceptó su derrota. De lo más hondo de su cerebro volvió un poema que la impresionaba cuando era joven:
“Me voy
Sin adioses
Sin lágrimas
Con rencores y tristezas
Con las manos vacías...
Con el cuerpo encendido
El corazón empobrecido
Desangrado
Sin alma”(3).
La cabeza cayó sin rodar dejando al cuerpo convulso expulsando sangre en todas direcciones. La vieja Lamia, una vez declaró finalizado el ritual, se dio permiso para caer para siempre sin despedirse Como trascendió sin sucesión, porque no había otra candidata con las calificaciones de Melissa, dejó a un milenario linaje de guerreras vampiras acéfalo y a sus seguidoras convertidas en rivales por enfrentamientos fratricidas.
Nadie recuerda hoy a Melissa porque no se guardaron sus registros orales, única literatura que conoce la Orden de Lilith. Tenía razón cuando se decía, “el olvido es un terrible destino”.
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(1) "Los gatos salvajes se juntarán con hienas y un sátiro llamará al otro; también allí reposará Lilith y en él encontrará descanso", (en realidad Melissa se dijo, "Et occurrent hyaenae thoibus, et pilosus clamat ad amicum suum; ibi cubat Lamia et invenit sibi requiem", pero la lengua era irrelevante si su pronunciación hebrea era la correcta. N del E).
(2) La voz griega kadath (asolación) sería adecuada para calificar el temor que sentía.
(3) Fuera , 2005, de Claudia Navas, publicado en su blog, Ordinaria Locura.
Fotos: Gladio republicano, tomado de Imperial Weapons; Scorpio Rising, 2005; Mixco Viejo, fragmento, 2004; Mouseleo de Ieyasu Tokugawa, según Chez; Sanatl, 2005.
La transliteración hebrea de Is.34:14 proviene del artículo Lilith, de la Wikipedia. La cita latina, de la Vulgata, tal como está en el sitio web del Vaticano y la española, de la Biblia de Jerusalén, de la editorial Desclée de Bruwer.
Links relacionados: Vae Victis, Melissa I; Phlegon de Mirabilibus, Melissa II; Non Omnis Moriar, Melissa Epílogo; Secta, Melissa 0.
“Hoy en nuestro especial contra el insomnio tenemos el honor, el gusto, el placer de traer a la gran estrella que ha conmocionado al mundo con su propuesta extrema pero fresca y juvenil. Con más de dos millones de copias vendidas su último éxito se escucha hasta en los inodoros...”.
La pantalla visualizó a una chica de 20 años, rubia y atractiva hasta más no poder. Ángel de inmediato quiso poner una mano en su entrepierna y empezó a fantasear con la estrella que encontraba parecida a la Melissa de 25 años atrás. Un cuarto de siglo sin verla, los excesos y la soledad de la vejez parecían haberlo devastado.
Ante los ojos de la enfermera, de reciente ingreso al asilo psiquiátrico, apareció un viejo demacrado con ojos desorbitados. Notó las ataduras para mantenerlo fijo al sillón, también que el pañal no había sido de utilidad. “No se asuste”, le dijo la supervisora, “es don Ángel, lo remitieron acá porque dejaron de pagar la clínica en donde estaba. Tiene sus cosas pero no es violento”.
“¿Cuáles cosas?”. “Bueno, mantiene la tele encendida las 24 horas y le escribe cartas a una tal Melissa. Está obsesionado con que algún día va a venir a chuparle la sangre y a veces es cochino, usted me entiende, ¿verdad?, al fin y al cabo es hombre”.
¿Qué, lo molesta a una?”. “No niña, si de todos modos ya no funciona, es diabético, tiene deshechos el páncreas y el hígado y como ve su mente siempre está ausente, pero se toca y se toca y a veces se toma sus orines. Lo peor es que en la noche grita como desesperado, hasta ahora nadie sabe por qué, y corre. Por eso lo amarramos, ya sea a la cama o a este sillón. A partir de las seis de la mañana lo desatamos porque de día es bastante tranquilo. No se le medica mucho porque tolera mal la mayoría de prescripciones. En fin, le falta poco y en realidad a mi me da más lástima que otra cosa”.
“Pobre”, dijo la nueva, “quién sabrá cómo habrá vivido antes”. “Vea”, siguió la supervisora, “cuando está cantando esa chica, mire en la tele, se llama Iris, ni se le vaya a ocurrir cambiarle de canal, porque cree que ella es la tal Melissa que se volvió joven otra vez”.
Ambas se retiraron casi de puntillas. Cerraron tras sí la puerta, apagaron la luz y se dirigieron a la siguiente habitación. En la mente de Ángel apareció Melissa, volvieron las noches desenfrenadas, los clubes con sus interminables filas de chicas que intercambiaba con ella, el lujo y el esplendor.
De pronto se sintió rodeado por un círculo de muertos invisibles, que sabía cada día más cerrado alrededor suyo, y empezó a gritar para alejarlos.
Ilustración: Habitación para el paciente, imagen 3D de Jeff Jonaitis, 2002-2005.
Links relacionados: Vae Victis, Melissa I; Phlegon de Mirabilibus, Melissa II; Liminis Abyssi, Melissa III; Secta, Melissa 0.
Menos mal, Claudia, que para vivir no se necesita licencia para conducir. Como si la vida fuera una autopista, algunas personas van rapido y otras despacio. Unas son bruscas, otras dóciles. En fin, hay de todo. De entre ese barullo, carreras, embotellamientos y accidentes, si uno se elevara y viera desde arriba descubriría que algunos de los viajantes se distinguen de los demás por buenos, por malos, por imbéciles, por extremos o por especiales.
Tu estás en ese último grupo, te distinguís por tantas cosas que denumerarlas sería perder el tiempo. En vez de eso, te digo que en poco tiempo has logrado lo que muchos ni siquiera sueñan tras 80 años de existencia. Basta con leer tu poesía, tus columnas (que muchas veces también son poemas vestidos de prosa) y ver cómo te esforzás en pro de los demás (unos se darán cuenta, otros no, pero eso no importa).
De plano te falta por hacer y te falta por lograr. Por eso te deseo muy feliz cumple, por todo lo que es tuyo de manera legítima (porque aparte de tu legado genético lo que tenés te pertenece por lucha propia) y, por lo que nos falta verte alcanzar, que sigás cumpliendo muchos más. Tu camino podrá ser corto o largo, según querrás sentirlo. Y recordá siempre, siempre: "hay que vivir como si fueramos a morir mañana, y planificar como si vivieramos eternamente".
Deseo que las diosas te bendigan de hoy en adelante con una vida plena de satisfacciones físicas y emocionales, con una espiritualudad rica y una riqueza espléndida y, sobre todo, que nos sigan dotando con esas inteligencia, perseverancia y gran corazón que se llaman Claudia Navas Dangel.
Y yo, aquí, me tomo, como si fuera mi derecho, hacer tuya la licencia de conducir de Bukowski, no para que vivás como aquél viejo sucio (Dirty old man), pero sí para que sigás tu ruta, como lo hizo él, con plena libertad, como un triunfo de tu voluntad (Triumph des Willens, de Leni Riefenstahl, porque de Nazi, algo tenés) y como un ejercicio de absoluta, hedonista, tuya y singular satisfacción.
Bueno Mounstruo, recibí un gran abrazo con el cariño de hoy y de siempre. León.
Fotos: China Highway; Sun Goddes, por Frank Frazetta, según Court Jones; Fotograma de la cinta Olympia de Leni Riefensthal; Licencia de conducir de Charles Bukowski, The Beat Museum.
I
Allá, a pricipios de los 80, no existían las tiendas de conveniencia, habían cerrado la Colombiana Super, de la zona 1, única que atendía las 24 horas y yo, de todos modos, estaba en Gillette, sobre la Roosevelt, y además eran casi las dos de la mañana.
El 23 trabajaba despacio. El sistema de explosión de materiales calculaba uno por uno los requerimientos de materias primas para cubrir la producción de la fábrica de los próximos seis meses. Sobre el pequeño escritorio yacía el memo, repetido sin cesar mes a mes, con la firma de O. Hamilton, de Gillette Interamericas Inc., basada en Panamá: "...please find above mentioned subject covering the period"... bla, bla, bla. Me aburría. El hábito me hizo meter la mano en la gaveta entreabierta para buscar un cigarrillo. Tomé la cajetilla, la abrí sin ver, pero cuando recorrí su interior con el dedo la encontré vacía.
Salí un momento. Aquella noche no llevé el auto, un pobre Buick Century V8, de casi 3,000 cc que habría de encontrar pronto un horrible fin. Llegué a la planta y pregunté por algún fumador. "No", me respondieron, "no vas a encontrarlo porque aquí todos somos evangélicos". La angustia se apoderaba de mi y la urgencia por nicotina se decuplicó de inmediato. Al ver el mohín de mi rostro el jefe de turno, no recuerdo ahora quién era, se limitó a darme un consejo: "tal vez don Pedro", el guardia de garita, "te pueda ayudar".
No trascurrió ni un momento. "Don Pedro ¿no tiene un cigarrito por ahí?". "Que vá hombre, hace años dejé ese vicio y usted debería hacer lo mismo ya" (sabio consejo de viejo que ignoré por más de una década), "pero déjeme ver qué hago, ahí lo molesto más tarde".
Volví a mi pequeña oficinita, al escritorcito y a la abominable e interminable lentitud del 23 sólo para perder el sentido. No sé cuánto más tarde, abrí los ojos y una bocanada de nicotina imaginaria llegó hasta mi garganta. La angustia y la desesperación del síndrome de abstinencia se hicieron presentes de un golpe. Tan duro, que como con mazo me devolvió con dolor a la vigilia. El 23 seguía su inexorable cálculo mientras yo, aturdido y molesto, tenía la imagen de un cigarrillo, de cualquier cigarrillo, en la mente hasta que tomé una bocanada de aire y me resigné a postergar la espera hasta el amanecer. Entonces llegarían los demás compañeros, casi todos fumadores, y desaparecería la necesidad.
De pronto recordé, tenía un puro, un King Edward, en alguna parte. Media hora después la oficinita estaba patas arriba y yo tenía una cajetilla de Edwards vacía en la mano. Cuando por fin me rendía apareció don Pedro. "Tenga, mátese con su propia mano" y me entregó tres cigarrillos, un Marlboro y dos Belmont.
"Don Pedro, ¿cómo los consiguió?". "Ah, no fue problema, le pedí al guardia de la siguiente garita, pero como él tampoco fuma, hizo lo mismo con el de la siguiente, hasta llegar a uno que sí tenía de los que a usted le gustan, porque he visto que prefiere los Marlboro. Los Belmont fueron sólo porque, usted sabe, uno no es ninguno". "Gracias don Pedro...".
Entre las 03:30 y las 04:00 horas aspiré la bocanada de humo más exquisita de mi vida, y no la he olvidado todavía.
II
Ya no recuerdo la fecha. Era adolescente y me esperaba un examen parcial al día siguiente. Eran las once de la noche, mi madre había salido, el Álgebra de Baldor dormía tranquila sobre mi escritorio mientra me regodeaba con un pasaje del Bebé de Rosemary, de Ira Levin. ¡Qué alegre!, era un hecho, ganaría la prueba, por fácil y porque el profesor, a quien apodamos El Bolo Galindo, un ingeniero venido a menos, no tendría, según yo, agallas para clavarnos. Por tanto, como solíamos, invoqué el conjuro sagrado, "me pela la verga", y seguí leyendo a Levin.
Un rato más tarde descubrí que el último cigarro True se había vuelto humo hacía rato. Fui al dormitorio de mi madre pero no encontré un solo cilindro nicotinoso. No tenía puros, ni tabaco de pipa, nada. Resistí quince minutos antes de salir de la casa. Las calles aledañas a la once avenida, iluminadas por las luminarias verdes de entonces inspiraban tranquilidad. El llamado de los grillos, los ladridos de algún perro lejano y el canto de un gallo acompañaron mis pasos hasta llegar a la Calle Martí.
De allí enfilé hacia La Parroquia. No había tiendas abiertas, tampoco gasolinerías. Pero sí descubrí una cantinucha, instalada en lo que fuera el zaguán de una casa, separada del resto del inmueble por una cortina roja. Una chica, de unos veinte años tal vez, me recibió con una sonrisa. "¿No tenés cigarros, le pregunté?". "¿De qué marca?". "La que sea vos". "Mirá", me dijo con tono de disculpa, "aquí y a esta hora la cajetilla vale Q5" (entonces los chicleros la vendían, si no recuerdo mal, a Q0.25). "No importa", le respondí, "dámela".
La chica se fue y volvió. "Mira, dice el dueño que no, que si la querés vale Q10". "Bueno", le dije, derrotado, "así no me alcanza". Salí apresurado, vi la calle en ambas direcciones y empecé a caminar, más frustrado que cólerico. Volteé a ver porque sentí pasos detrás mío. Era la chica, "esperáte", me dijo, mientras me tomaba de la mano para darme tres cigarrillos marca Alas. "Tené, llevátelos". "Gracias", le dije, viendo a sus ojos. Bajó la cabeza, sonrió, apretó mi mano y se despidió. "Tengo que regresar rapido, ojalá nos veamos de nuevo".
Cuando volvía a casa ya no vi luces, no escuché grillos, ni perros o gallos porque en mi mente estaba el rostro de la chica; en mis oídos, sus palabras, y en mi tacto, la sensación de su mano. Sólo fumé uno de los cigarrillos y guardé los otros, como soliamos decir entonces, "para símbolo". Permanecieron en mi dormitorio durante mucho tiempo hasta que una noche de carencias de nicotina los devoró, mientras especulábamos sobre filosofía con Rodrigo Fanjul. No recuerdo cómo me fue en aquella prueba de matemáticas y me alegra haberla olvidado. Nunca volví a ver a la chica, aunque sí la fui a buscar un par de veces.
Fotos: Why Smoke?; Paper Boy News.
¡Ah, qué sitio el de Computer History! Me encantó, me deleita haber vivido aunque sea un segmento de aquellos momentos. Recuerdo, de nuevo, cuando en IBM se referían con pleno desprecio a los programadores de PC como a los peceros. También, al lío interno que generó la venida del RS/6000 a Guatemala, la gente de S/34, S/38 y de un incipiente AS400 veían a esa máquina y a su versión de Unix, mejorada por IBM según un boletín, de soslayo.
En fin, recuerdos. Entonces doña Martha Julia de Rodríguez dominaba con mano férrea al Educacional de IBM y Franklin Juárez era el experto en mainframes pero me resolvía muchas dudas de RPGII. ¿Qué fue de la señora? No lo sé. Franklin, en cambio, montó un templo a Sai Baba y ahora, según me informan, está en Chicago. Don Chepe Chepe, otrora gurú del Assembler, de quien se decía había logrado una inversión de matrices en RPG, ya se fue al Ciberespacio y lo perdí para mi proyectado libro sobre historia de la computación en Guatemala.
La Computación no es una disciplina que mire al pasado. Siempre será un campo del futuro. Como sugiere Nicholas Negroponte en su artículo final, cuando decidió dejar su columna sindicada, "Terabit access, petahertz processors, planetary networks, and disk drives on the heads of pins...", algo así es lo que esperan ver los usuarios finales y la gente de sistemas en la propaganda y en los artículos de las revistas de tecnología.
Lo que sí nunca dejará de ser, es un campo para chavos quienes, a la vez que programan, bajan archivos de la última estrella adolescente, que guardan fotos porno desde hace una década y que escuchan tecno, hip-hop, reggaeton o metal por igual sin ningun remilgio. Que juegan lo último de Eidos o de Microsoft con una baraja de chicas desnudas escondida en la gaveta del mueble de su compu.
Y esto será tan cierto como la Ley de Moore mientras no haya más mujeres o evangélicos en el gremio. Igual, de la clase de hombre que sueña con una muñeca manga hecha realidad, uniformada como alumna de algun colegio de señoritas. En fin, lo contrario de aquél experto de IBM, siempre de corbata y camisa blanca, sin jamás concebir que una computadora serviría para almacenar otra cosa que no fueran listas que se traducirían en dinero para la empresa que arrendaba los equipos. Los tiempos cambiaron, Big Blue.
Ahora ya parecen palabras bíblicas las de William Gibson cuando definió ciberespacio en Neuromancer, allá en los lejanos años 90, "Cyberspace. A consensual hallucination experienced daily by billions of legitimate operators, in every nation, by children being taught mathematical concepts... A graphic representation of data abstracted from banks of every computer in the human system. Unthinkable complexity. Lines of light ranged in the nonspace of the mind, clusters and constellations of data. Like city lights, receding"...
En aquel momento fueron proféticas, ahora me suenan trilladas, incluso anticuadas. Pero, como lo hacen desde que las leí por primera vez, me erizan la piel.
Fotos: IBM, Realdoll y William Gibson Books.
Dejaste mi corazón vacío
Polvoriento
Pleno de odio
Ocultaste la luz de mi horizonte
Asolaste lo poco que era mío
Me dajaste sin ideas
Sin esperanzas
Tampoco creo
Ni amo
Ni amaré
Ni tendré algo de nuevo
Sólo una cosa buena has dejado
Tu recuerdo
Grabado: Escudo de armas de la Muerte (o Escudo de armas con cráneo), por Albrecht Dürer, Alemania, 1503, 8.5" x 6.1", según Artnet.
Lástima. Recuerdo, cuando practicaba para obtener el doctorado en Doom, y de hecho desde que jugué la primera entrega, imaginé que algún día Hollywood filmaría una película inspirada en el videojuego. El 10 de diciembre de 1993 idSoftware lanzó Doom, por tanto, la cinta homónima nos llega más de una década después, dirigida por Andrzej Bartkowiak.
Como ha sucedido con tantas producciones inspiradas en cómics y otros videojuegos, Doom no tiene, ni por asomo, parecido alguno con la trama del juego y, peor aún, director y guionistas la alteraron de manera que, de una historia de terror, consiguieron una película de acción vulgar —algo para nada sorprendente si se considera que la más memorable labor de Bartkowiak, a la fecha, fue dirigir Romeo debe morir. Se rumora que los estudios Universal pidieron el cambio por temor a que grupos de presión cristianos iniciaran una campaña negra contra la película.
Pero según un comentario de un sitio web, a Bartkowiak no le pareció pertinente mezclar a un laboratorio de investigaciones y alta tecnología de punta, la Union Aerospace Corporation, o UAC, situada en Marte, con demonios salidos de las entrañas del Averno. Por tanto decidió cambiar a los avernales engendros por sabandijas resultantes de un fallido experimento genético. Y ha logrado, oh sorpresa, una porquería que, francamente, insulta a los fans del juego y deja insatisfechos a otro tipo de cinéfilos.
De hecho, a pesar del gore, del regular manejo del suspenso y las actuaciones un punto arriba de mediocres por parte de La Roca (como Sarge), de Karl Urban (John Grimm) y de Rosamund Pike (Samantha Grimm) y de una pista musical enlatada pero aceptable; una amiga, para nada fan de los videojuegos, pero sí adicta al cine, estuvo a punto de dormir durante la proyección. ¿Una cinta de acción que causa sueño?, vaya un logro.
Tampoco supieron aprovechar la inmensa mina que es el juego para obtener una buena película. Por ejemplo, sólo en Doom 3 se listan alrededor de 20 criaturas infernales. En cambio para el director bastaron dos y una caterva de zombis prestados con descaro de las cintas de George A. Romero. Por el estilo, el arsenal de unas 12 armas, en el juego, se reduce en la pantalla a unas cuatro y, además, habría que entrenar sobre todo a La Roca en su manejo adecuado.
De vuelta a los personajes del juego, en serio, a ninguna hora del día quisiera encontrarme con un Fat Zombie (a pesar de haber visto uno que otro por allí, sobre todo en algún Mac) o con un Z-Sec Zombie, una especie de bastardo salido de la cópula de un oreja chapín con un marine gringo. Peor aún si se tratara de seres como el Cherub, la Lost Soul (alma perdida), el Revenant (un cráneo, apéndice de una araña cyborg) o las viles Trite, especies de arácnidos con cabeza humaniforme. Y no olvidemos al Cacodemon, repugnante masa gelatinosa flotante, de forma esférica, que ronda las pesadillas del héroe del juego desde la mera primera entrega. Ninguno se asoma por esta cinta.
Si seguimos, tampoco los humanos se acercan a los personajes del juego. Sarge es un soldado bruto comprometido con el cumplimiento del deber, no más allá de su llamado, sino hasta la estupidez, apoyado por un equipo destinado desde el principio a un triste fin. En cambio, en el juego, el héroe es un marine que lucha solo contra una gran adversidad, acompañado y en competencia, pero si se juega en red. Por cierto, La Roca fue nominado a peor actor por su actuación en Doom para los Golden Raspberry Awards 2005.
¿Y la doctora Grimm?, única protagonista de importancia... Bueno, hubiese bastado con leer la Doom Bible para descubrir a un prototipo de personaje femenino como Lorelei Chen: de 27 años, alta, musculosa, de ojos intensos. Muy competitiva, con una cicatriz en el hombro derecho causada por un accidente que tuvo cuando escalaba una roca. Campeona de boxeo y divorciada. ¿No hubiese sido mejor que la plana científica Grimm?
No faltan la bromas pierde amigos. Ejemplo: un instrumento diseñado para autentificar el ADN, y permitir el ingreso a una sala, identifica a La Roca como Patricia Tallman (Night of the Living Dead, Babylon 5) y el científico en jefe de la UAC (Robert Russell) se apellida Carmack, al igual que el jefe de programadores del juego. Lo mismo sucede con el doctor Willits (Sara Houghton). Como cabría esperar, no se menciona a John Romero (diseñador original del juego), ni a Sandy Peterson (diseñadora de los primeros laberintos y responsable de las referencias lovecraftianas y del mito de Cthulthu en el mismo).
Si se rescata algo de este bodrio es una secuencia que imita al juego, tal vez de menos de cinco minutos, la única que hace honor al concepto de First Person Shooter; también a que Sarge sea obstinado hasta la repugnancia, pero eso se debe a que se identifica a La Roca con el papel de héroe, gracias a su carrera cinematográfica en general, y no a su particular actuación en esta cinta.
Solo me cabe esperar que alguien, calificado por supuesto, emprenda de nuevo la filmación (propuesta posible, como sucedió con Punisher; ¿quién recuerda la primera versión con Dolph Lundgren en el papel protagónico?) y, en el nombre de los dioses de la tecnología, que no vaya a suceder lo mismo con Quake o con Duke Nukem si alguna vez los trasladan al cine.
Fotos: Cortesía involuntaria de Cinemablend.
Te estoy esperando
Lo sabes
Lo sientes en tus entrañas
Por el temblor de mis manos
Por mi voz entrecortada
Porque erizo mi piel
y dilato mis pupilas
cuando te siento cerca
porque te llamo 20 veces
cuando te siento lejos
porque te cuentan que he llorado
y lo sabes, me muero
me muero poque no te tengo
pero, ¿te importo?
Foto: Perra en Atitlán, 2005.
Es de noche
Estoy solo y estoy loco
con graznidos
como un grillo
sin garganta
sin voz
sin fuerza
sin esperanza
sin razón
grito y grito
a un desierto
a un vacuo temible yermo
a tu negro amurallado inalcanzable corazón
a tu fría descarada indiferencia
a tus oídos sordos
a tus ojos ciegos
a tu piel de piedra
a tu boca sin respuesta
¿Hasta cuándo?
¿Hasta cuándo sí?
Foto: Grillus, 2005.
Esta fue la primera máquina que usé para programar, un S/23 ó Datamaster de IBM, propiedad de Lilian Tejada quien la había arrendado a Gillete de Guatemala. Basada en un Intel 8085 (Computer Museum dixit), con un BASIC optimizado, que estaba infestado por PEEKs y POKEs. Hoy sería un recurso menos que risible en cualquier oficina, tal vez tolerable en un museo especializado en dead ends de IBM, pero entonces era aceptable para empresas que deseaban empezar a informatizarse.
Utilizaba EBCDIC (Extended Binary Coded Decimal Interchange Code). El lenguaje no tenia WEND y si uno quería podía utilizar el GOTO con grotesca profusión, al estilo espagueti, porque no estaba estructurado (si no lo creen pregunten al actuario Roberto Linde, hoy de Basic Resources, uno de sus programas empezaba con GOTO 2025 y en esa instrucción indicaba GOTO 20). Los diskettes medían 8 pulgadas por lado, uno servía para almacenar programas y el otro para datos, no tenía disco duro. Hubo uno después, de meros 10 megas de capacidad pero, cuando se preguntaba en IBM, los vendedores se limitaban a reprengutar, "¿para qué querés tanta capacidad de almacenamiento?" y se corría el riesgo de que Gerencia General recibiera una llamada del gigante informático, para investigar por qué el jefe de Centro de Cómputo (así se llamaba el CIO entonces) necesitaba tantos recursos en esa máquina.
Lo mismo sucedía si se solicitaba más memoria que los 32K (¿ó 16K?) de RAM estándar. Si no recuerdo mal cuatro diskettes, el máximo total a direccionar, no excedían los 4.4 megas de capacidad, pero los de programas tenían menor almacenamiento que los de datos. José Antonio Chajón, CEO de Viacomp, fuente inagotable de información sobre sistemas de IBM, recuerda, en cambio, que cada uno no excedía, ya formateado, los 720Kb o los 640Kb, porque eran de baja densidad. Así que dejaré abierta la cuestión por el momento.
Lo más terrible que podía pasar era que a las 3:00 horas el nefasto sistema operativo enviara el temible mensaje: Error 25 2000, porque anunciaba un vuelco de datos, DUMP, y se perdía lo que se hubiera trabajado hasta ese momento. Había que empezar de nuevo. El proceso de explosión de materiales, o Forecast, tomaba casi 8 horas para completarse, con una base de datos modesta para los estándares actuales. Recuerdo que en un momento dado del proceso, los movimientos de las agujas lectoras y grabadoras hacían un ruido armónico, que daría cualquier cosa por volver a escuchar y grabar, porque sería excelente inspiración para componer música concreta o para una Dj como Paulina Cewe.
Nunca llevé la cuenta de cuántos cigarrillos 555, Belmont, Dunhill, Marlboro, Payasos, Stuyvesant o True me fumé esperando el fin de los procesos. Ni de cuántas tazas de café, revistas Club, Omni, Oui, Psychology Today, Playboy, Time, manuales de juegos de entonces (para máquinas monederas, por supuesto) y de hardware de IBM o de otras marcas, o, para qué mentir, y de ciertas novelas rosa, mientras escuchaba las canciones de Boy George, Cindy Lauper, Devo, Dire Straits, ZZ Top y la horrenda, pero recordada hasta las visceras, We built this city, de Starship, con la cual torturaba los oídos de Erick Ortega.
Volviéndo a la máquina, para acceder al OS se presionaban dos teclas y la pantalla se dividía por medio de una simple línea de asteriscos (el único adorno de los pantallazos en esa época, por demás está decirlo), para teclear comandos o mandatos, al mejor estilo del S/34, del cual el S/23 era un periférico, si se quería. El CRT era verde fosforescente y el cursor, invento de IBM por cierto, era lentísimo, aún para los estándares de entonces. Por medio de programación los campos podían ser subrayados, normales, inversos, intensos o blinking fields (centelleantes), o una combinacion de todos.
¡Ah, los viejos tiempos!, pero ahora debo volver a la realidad. Para eso, como explicaba uno de los ocho tomos del manual de la máquina, para salir del programa y de estas memorias insulsas, invoco SYSTEM.
Foto: Anuncio o folleto del S/23 de IBM, hacia 1981, cortesía de Big Blue.
Estremece mi alma
Desnuda tu cuerpo
Ofréceme tu perfume
Devélame tu rostro
Déjame tocar tu cabello,
Diosa nocturna
Déjame trascender tu piel,
Diosa Blanca
Iníciame en el misterio de tu sexo
Diosa de diosas
Déjame recorrer tus Campos Eliseos
Sus eminencias trascendentes
Sus exaltados abismos
Déjame beber tu néctar
Llévame al éxtasis
Llévame al íntasis
Así seremos uno
Seremos como dioses
Seremos perfectos, gozosos, exultantes, sublimes
La envidia de Adán
La envidia de Eva
Por los siglos de los siglos
Y por más siglos aún.
Foto: Biomechanoid, por H.R. Giger, 180 cm, aluminio, tomada sin permiso de su sitio web.
Estrella solitaria
Quietud en el horizonte
Tu ascenso puro
Tu fugaz, radiante instante
Son Estrella Polar
Destello fugaz
Intensa Luz
En mi noche infinita.
A Isabel...
Fotos, Volcán Sif Mons, en 3D, NASA.
Superimposición de tomas de la sondas, Magallanes, EEUU, y veneras 13 y 14, URSS.
"Isa", 2004.
inmensos campos rojos
espacios ocre de arenas antiguas
paisajes de ruinas mudas:
dicen historias horribles
capítulos olvidados
donde los personajes son
la muerte y la asolación
en medio de ese horror
y de esa soledad
tras fatigar un sendero
espinoso, doloroso, casi mortal
al final del camino
un remanso
no más piedras filosas
ni barrancas insondables
tampoco lagos venenosos
ni vientos huracanados
solo un piélago
sobre una mar de arenas blancas
bajo un cielo azul rojizo
que calcina hasta los huesos
pero la búsqueda sigue
hasta encontrar
vestigios de otro tiempo
piedras que fueron monumento
resabios de un dios antiguo
sobre la arena
se yergue sobre la cola
con las tenazas extendidas
y con las manos abiertas
en actitud desafiante y dolorosa
entonces comprendo
la deidad estuvo allí
para ser redescubierta
mas alla del tiempo
a pesar de la destrucción
a pesar del holocausto
de una civilización de idiotas
de crueles guerreros
ávidos de beber su propia sangre
Aquella figura
inmensa, ardiente y muda
me hizo entender
con su figura en cruz:
la escencia del dios
vive en la piedra
en la luz
en Cristo
y en el escorpión
que ora eternamente
en una lengua arcana
por aquellos idiotas
que dieron la vida por Él.
Texto publicado en La Ermita, revista cultural, Año 8, Número 30, abril-junio de 2003, págs. 9-12 (revistalaermita@yahoo.com).
Foto: Centruroides sp según la luz infrarroja, 2003.
Ángel se levantó desnudo y erecto, abrió la ventana para atender a un hombre desarrapado quien, con un rápido ademán, le entregó una bolsa con algo pesado dentro. Sin saludo ni despedida lo vio seguir su camino. Curioso la abrió. Quiso contenerse pero el estremecimiento lo hizo gritar. Dentro estaba la cabeza decapitada del Cristo del Templo de los Mercedarios. Tenía el cráneo abierto. Algunas partes del cerebro latían al azar irradiando destellos blanquecinos con un intolerable olor a incienso y mirra. Una corona de espinas naturales, clavada en la frente sangrante, brillaba con luces doradas y plateadas. Más abajo, los inmensos ojos de la imagen parecían verlo suplicantes, con magnetismo e infinita tristeza. Ángel quiso evadirlos pero no pudo. Estuvo hipnotizado por ellos hasta que una micción incontrolable lo devolvió a la vigilia.
Con escaso vigor logró sentarse en la cama recién humedecida, mientras jadeaba por la pesadilla que atribuyó a un aftereffect de la orgía, el licor y las drogas de la noche anterior. Recuerdos de rostros y gemidos, interrumpidos por dolor y tremor fino eran los diarios legados de su vida nocturna. Aunque no lo recordaba, hoy cumplía una década desde que Melissa lo había iniciado en esa rutina desenfrenada, limitada sólo por la resistencia de un cuerpo que empezaba a dar señales de serio agotamiento.
Eran las cuatro de la tarde, su hora habitual para levantarse. Aderezaba su cabello con una cadena de oro, frente al espejo de cuerpo entero del baño, cuando sonó el timbre. Irritado por la insistencia lanzó la cadena. Recorrió con lentitud casi cincuenta metros para llegar hasta la puerta de su casa, un viejo monumento del Centro Histórico lleno de recuerdos familiares, nostalgias y secretos plenos de vergüenza.
Primero acercó el ojo a la mirilla. Abrió. Apareció ante él un hombre demacrado, un ser macilento, repugnante y hediondo, próximas delicias de zopes sin buen gusto. Ángel retrocedió sin dejar de verlo, temeroso de tocarlo pero compungido al encontrarlo hundido en semejante fango. También sintió cólera y desprecio porque aquél hombre se aferraba a una vida indigna a pesar de saber cómo terminar con ella. “En fin”, pensó, “esto le pasa a los magos chapuceros que andan orinando tumbas”.
“¿Hablaste con Melissa?”, le preguntó la entidad, “ya no puedo más, necesito volver a verla”. “No creo que le interese. Además no puede ayudarte, el proceso quedó a medias. Tal vez tu único alivio sea cruzar el último umbral, tal vez a la gloria, tal vez al abismo. Con gusto te ayudaré”, le dijo Ángel alejándose aún más.
Con disimulo llevó a su visita hasta un salón reservado para entrenar artes marciales. De una gaveta sacó una réplica de un gladius hispaniensis y se la entregó. “Con destreza la muerte no duele. Te recomiendo hacerlo en el templo de La Merced (cuando mencionó el nombre sintió el estremecimiento de nuevo). Escondéte allí y atravesáte el corazón a las tres de la mañana de un sábado”.
“¿De dónde sacaste ese día y la hora?”. “Del Phlegon de Mirabilibus”, respondió Ángel con aire solemne. “¿Ese es un libro o un grimorio?”, inquirió la piltrafa. “Lo cita Sheridan LeFanu”, le afirmó, consciente de su mentira blanca. “Ahora, largáte de aquí, no volvás jamás. Otra cosa, Melissa no te verá de nuevo”.
Con el visitante también se fue el mal olor. Si no fuera por la hediondera Ángel bien podría haber pensado que vivió una extensión de la pesadilla. Volvió al baño, recogió la cadena y se sintió satisfecho por haber ayudado con un consejo. “Soy todo un mecenas, le di una espada cara traída de España”, se dijo, ufano por su buena obra del día, y empezó a pensar qué haría para celebrar. Era la tarde de un viernes.
El andrajoso pero aún pedante individuo decidió aceptar su destino. Con paso lento entró a la iglesia para buscar dónde podría pasar inadvertido hasta la madrugada del sábado. Pero nomás se acomodó en una banca volvieron el tinitus y sus horribles secuelas, se tapó las orejas con las manos y para su fortuna durmió.
Cuando abrió los ojos vio la cara de un indigente que gesticulaba sin cesar. Era tarde y el hombre le aconsejaba no pasar la noche dentro, “cuentan que espantan, que espantan horrible en la madrugada cuando nadie acudirá en tu ayuda aunque grités. Varios, por el miedo, han amanecido muertos, desangrados”. El tipo se fue porque alguien apagaba las luces. “Las sombras evitan que otros me vean y me desprecien. Pero hoy, hoy es el fin. Al fin viene la noche con su paz eterna”.
Acostado sobre el suelo entre una banca y otra logró esconderse. Cuando el sacristán cerró tras sí una puerta interior un silencio obsceno se apoderó del templo. Apenas eran las ocho de la noche. “Comeré la última ración”, se dijo. Tomó un último resto crudo de corazón de vaca y lo saboreó como si fuera la mejor vianda del mundo. Decidió permanecer sentado pero volvió a perder el sentido.
El reloj del altar sonó las dos. Un siseo sordo, bajo, despertó al pobre hombre. Percibió a la oscuridad sobrecogedora y por primera vez en meses sintió miedo. Sabía que algo reptaba cerca y que lo rodeaba para cazarlo. No tardó en sentirse paralizado, mudo y frío. “La muerte se acerca, me ahorra el trabajo”, pensó. Cuando calló el siseo Melissa apareció frente a él, con su luz verde, su hedor y su desprecio. Sintió cuando le quitaba el gladius para blandirlo, elevarlo y dejarlo caer. Antes de que el filo se hundiera en sus carnes quiso gritar, pedir clemencia y llorar, pero habría sido inútil porque de un tajo aquel despiadado alcaudón* le cercenó un brazo y después el otro.
El dolor lo hizo volver a la realidad. Entonces comprendió: quien reptaba era él, para huir, seguido por los pasos silenciosos de su impávido verdugo. Un relámpago le permitió ver que se arrastraba hacia el Sagrario. Viejos textos, jeroglíficos, fragmentos cuneiformes, runas y hasta ideogramas chinos y japoneses danzaban frenéticos en su mente. Pero cuando intentaba fijarse en alguno para iniciar un rito de protección se le convertían en grotescas caricaturas de rostros deformes, burlones e insultativos, espetando chistes de doble sentido.
Cuando alcanzó al comulgatorio, empujándose con las rodillas y las puntas de los zapatos, logró hincarse para suplicar. Mientras Melissa levantaba el arma para ablarle con sumo placer una de las piernas recordó al Necronomicón. Allí había leído que cuando se desatan las peores potencias, las que ningún conjuro puede contener, el único recurso es defenderse con una oración cristiana (no se atrevió a nombrarla). Extenuado agotó sus últimas energías para empezar a musitar, “Pater noster, qui es in caelis, sanctificetur nomen tuum. Adveniat regnum tuum...”, pero no llegó al final del rezo porque se desvaneció. Ya no escuchó cuando Melissa, con voz dulce pero despectiva, le dijo, “que te valga tu latín”.
A las cuatro y media de la madrugada un sacristán, blanco como fantasma, despertó al cura. “¿Qué te asusta tanto, no crees que ya lo hemos visto todo?”, le preguntó el docto teólogo jesuita, sin voltear a verlo. “Padre, padre, otro indigente troceado apareció en la iglesia, pero no le cortaron la cabeza, está vivo y no para de murmurar, tal vez porque ya se va a morir”.
*El Alcaudón (Lanius sp), es un ave de vistoso aspecto, de pico ganchudo y comportamiento similar al de un halcón, común en España y en extinción en Gran Bretaña. Para algunos naturalistas es como una rapaz dentro del grupo de los paseriformes. Es de hábitos predatorios y suele cazar a otros pájaros, como jilgueros; o a pequeños roedores, como al ratón de campo. Una costumbre típica del alcaudón es insertar a sus victimas en espinas a modo de pequeñas despensas a las cuales acudirá en caso de necesidad (texto tomado de, Alcaudón, publicado en la Wikipedia).
Foto: Lanius senator, L 1758, tomada del sitio web, Alcaudón Común.
Links relacionados: Vae Victis, Melissa I; Liminis Abyssi, Melissa III; Non Omnis Moriar, Melissa Epílogo; Secta, Melissa 0.
A veces pienso en ti
A veces te recuerdo
A veces siento cerca tu aroma
A veces tu calor
A veces tu sentimiento
La tarde languidece
A los lados del puente se encienden las luces
La tarde está quieta
No escucho ruido
No hay movimiento
Pero mi ser se agita
Pide, necesita
Te llamo
Te quiero ver
Te quiero sentir
Pero no te encuentro
Y deambulo por el puente
Veo a la vacía cúpula del cielo
Veo al gris plano del piso
Clamo a los árboles
A la grama y a las flores
Pero solo lejanos grillos me contestan
Mas allá, el silencio
Y mas acá, sólo yo y la soledad
A veces pienso en ti
A veces te recuerdo
Pero cada vez menos
Avenida Castellana, 31/12/2002.
Imagen, portada de Wonder Woman # 72, por Brian Bolland.
Ni tengo idea, ni me importa encontrar la causa. De vez en cuando sufro de un extraño síndrome cuyo tema central es un déjà vu, o promnesia, que viene siempre después de las 7 de la noche. No entiendo qué lo desata pero su nota principal me hace sentir nostalgia por la década de los 90. Vuelven Nirvana con Smells like teen spirit; la Alicia Silverstone de los videos de Aerosmith; el Black Hole Sun de Soundgarden; el uniformito de Britney, el coleccionismo de tarjetas de arte fantástico; Testament, una retrospectiva sobre Frazetta; mi amiga, El Monstruo, sentada en el Café Oro con su morralito adosado al lado de la silla; la música de Sapiens; Cucas, de Astaroth; Jorge y yo, en la casa de Danilo Fuentes, en un interminable triálogo sobre la música; mi sobrinita Andrea y su llanto nocturno, destructor de mi dogma pascualiano; mi Ex en su mejor momento; CEAR, Informaciones y el fantasma de Crónica; Anibal y su porción completa de comida china; Super Weider II; Doom merodeando por Compulandia; Jorge, “el Club” y Júpiter, en Próceres; ¿Y dónde jugarán las niñas? y Nookie; los Brujos de la Costa (Wizards of the Coast) y Magic the Gathering; Savannah y Brittany O’Connell; marcar cero para llamar a un celular; Age of Apocalypse, Marvel 95, Duke Nukem, Lara Croft, SimCity, Dragon Ball y Mortal Kombat; Intel i486 DX4 de 100 Mhz; Windows 95; Mario Soto explotado en Macdonalds; Indira y Fausto; la Pelona y sus negocios y, entre otro millardo de recuerdos más (como el de un vino italiano que me noqueó en la casa de mi amigo Alejandro y a éste inquiriendo por qué me gustaba Green Day); el deseo insatisfecho por encontrar la música que Scott Vladimir Licina le compuso a ciertos cómics de Lady Death. Cuando buscaba con ahínco ese CD, surfeando los pocos intestinos del ciberespacio en donde podría quedar algún remanente de información sobre él, antes de su eventual expulsión por algún recto virtual, una espiral voraginosa me llevó hasta sitios como el del Gothic Chess y a su increíble Directora de Torneos, la barbiesca Alexis Skye. Alentador encuentro: ¿desde cuándo, que yo sepa, una mujer como ella es directora en un juego asociado con rostros adustos, de gente aburrida, alejada del mundanal rüido? Claro que se trata de una excelente estrategia de mercadeo: Basta con leer que mide 1.94 metros, sin tacones, pero que le encanta ponérselos, y que le resulta difícil acomodar sus piernas, de un metro de largo, debajo de las mesas cuando se sienta a jugar. Pero eso también es alentador porque, ¿desde cuándo vale la pena vender un juego ciencia? A veces parece que algún gene noble se activa en la especie. Mientras, como en el Tercer Milenio ya no es fashion compulsar los catálogos impresos, seguiré mi tal vez inútil búsqueda virtual por aquellas piezas de Licina, sin las cuales quedaría incompleta mi colección de recuerdos de esa ficticia Señora de la Muerte.
Para alargar más esta nota me escudo en una cita que Borges atribuyó a Swedenborg, “me disculparás esta añadidura, justificada por la necesidad de llenar la hoja...”. Ya el gran campeón cubano José Raúl Capablanca había sugerido una variación del Ajedrez para evitar que las partidas terminen con frecuencia en empate: un tablero de 10 por 8 escaques, 80 en total (en vez del tradicional de 8 por 8, 64 máximos). Si tal propuesta suena herética a los puristas, vale la pena recordarles que el juego, como lo conocemos ahora, es el resultado de cambios sufridos a lo largo de siglos y que sus variaciones, que son legión, tienen su propia y venerable trayectoria. Recuerdo que a finales de los 60, mi amigo Rodrigo y yo nos preguntábamos cuáles serían las reglas de un ajedrez tridimensional anunciado en el catálogo de la Edmund Scientific Corporation. Por supuesto la idea de Capablanca nunca alcanzó al mainstream manejado por la Fédération Internationale des Échecs, o FIDE, pero se quedó en alguna bodega cultural de donde la rescataron los creadores del Gothic Chess quienes lo impulsan con el entusiasmo de un Bill Gates, después de modificarlo con dos piezas extra, una llamada canciller, combinación de caballo y torre, y la otra, el arzobispo, mezcla de caballo y alfil.
A Lilian Tejada, porque, iluminada por el alba de la década de los 80, quiso patentar un tablero esférico.
Foto: Alexis Skye, del sitio web de la Gothic Chess Federation.
Daría cualquier cosa
—Veinte años de mi vida
Por ponerte una mano encima
Por tocar tus senos sonrientes
Por sentir tus nalgas que yo quiero ardientes
—Aunque sea un instante
Quisiera aspirar el vello de tu vientre
Rozar tus labios con los míos
Suavemente, con pasión, con dulzura
Amaría perfumarme con tu aroma
Sentir la brizna de tu cabello caer sobre mi cara
Hundir mi rostro en tu entrepierna
Y quedarme allí, eternamente...
Pero no soy tu elegido
Soy tu basura
Si Dios existiera
Si hubiera Diosa de la Luna
Habría sido mío tu cuerpo
Me habrías entregado el alma
Como no fue posible
Maldigo mis oraciones
mis súplicas
mis llantos
mis gritos desesperados
Ni Dios ni la Luna existen:
Y si existen
Están sordos
me desprecian
o me odian
Ilustración, Lady Death según Steven Hughes (+), 1996.
Los avatares de la Tecnología guardarán en el Ciberespacio la eterna memoria de Robert Moog, creador del primer sintetizador funcional, su obra maestra, con el que cambió para siempre el ciclo de entrada, proceso y salida para los compositores. Desde sus inicios profesionales este físico e ingeniero fue el mago del theremin, instrumento con el que cerró, después, el productivo bucle de su vida. A Moog y a la más ferviente popularizadora de su instrumento, Wendy Carlos (de Switched on Bach), les debo algunas de las mejores horas de mi vida. Adios, Bob, y gracias, nos vemos en la Red.
Foto: Moogmusic.
...no ha sido cancelado el saldo correspondiente, y que ha prescrito el periodo de gracia dispuesto por las regulaciones de la Superintendencia de Bancos, en lo que a cajillas de seguridad se refiere. En tal virtud se procedió hoy, veinte de diciembre de mil novecientos noventa y tres, a vaciar el contenido de la cajilla de seguridad numero cero guión treinta, 0-30, ubicada en este banco, encontrándose dentro de ella un puñal en su estuche, acompañado por la siguiente nota escrita por su propietario.
“El arma blanca contenida en esta caja posee una hoja de acero con empuñadura de madera. En uno de los cantos de la hoja se aprecian las letras 'PRM' inscritas dentro de un óvalo; el otro no presenta señas notables salvo las raeduras que aparecen con el uso.
Es evidente que se trata de una imitación, pues la fábrica -ya desaparecida-, a la cual en todo caso habría correspondido el ovalado sello, no acostumbraba grabar sus productos. En su lugar, solía colocar un número de serie a fin de registrar el objeto.
La madera con aplicaciones que luce en su empuñadura es, a todas luces, de tosca manufactura casera. Se trata, pues, de un objeto común, cuyo valor intrínseco podría considerarse como sumamente bajo.
Con base a lo anterior, cabe citar la relación escrita por el último de sus propietarios, Pascual Pérez. El día que me lo dio aseguró que a sus propietarios este puñal les "trae suerte".
La historia se inicia con un tal César Lopez, originario de Asunción Mita, Jutiapa. Éste, auxiliado por el arma en cuestión, habría eliminado a Domingo Manuel, por una disputa de tierras. A los años, López encontraría su muerte a manos de unos asaltantes de caminos. Para entonces, el puñal quedó en propiedad de uno de sus herederos quien, a su vez, pero por razones de caracter pasional, degollaría a su segunda esposa, huyendo luego con rumbo desconocido. El arma fue recogida por la Policía; el caso, remitido al Ministerio Público y el puñal acabaría en manos, nadie sabe cómo, de un juez de instrucción.
Este nuevo propietario también habría hecho lo suyo con el objeto punzocortante: circunstancias de honor lo obligaron a defender la reputación de su esposa, por lo que más tarde huiría, también, bajo acusación de asesinato.
Se observa un periodo considerable en el cual no se hallan referencias ni del paradero, ni del uso destinado al arma. Apareció como prenda empeñada en una cantina de mala muerte, donde una de las meseras del tugurio, aprovechando la borrachera de un cliente lo habría apuñalado por la espalda. "Tenia que vengarme de ese maldito", declaró más tarde.
Un hermano del occiso mató a la asesina y guardó el cuchillo como recuerdo. Pero el propio objeto de recuerdo sería el que le mataría -meses después- a manos de su propia esposa. En este caso, se habría tratado de celos, supuestamente infundados. El caso nunca llegó a los tribunales.
Crisóstomo Ruán Chile -alias Caquita- sería el siguiente dueño. Ladrón de oficio, asaltante ocasional y también cristalero. Se dice que una noche, deambulando solo y borracho, quiso ponerle a un transeunte apellidado Chavarría "que ya se veia ruco". Pero el ruco portaba arma de fuego y se defendió de Ruán disparándole. La bala, calibre .38, dejaría orificio de salida en el parietal izquierdo.
Chavarría tomaría el puñal como trofeo de guerra. Pero, por cautela, decidió bendecirlo. El cura a quien buscó le negó la bendición al arma y, además, se la quitó a Chavarría, guardándola en la gaveta de una mesita de su casa parroquial. Una vez más, el nefasto objeto fue empeñado, esta vez por el sacristán de la iglesia, quien nunca lo rescató de la casa de empeños.
La casa de empeños vendió el arma a precio reducido -de esta transacción sí quedó papelería-, a un agente de la Policía Nacional, quien se encontraba a punto de retiro. Éste regaló el arma a Carlos Duarte, un propietario de ruletero.
Duarte, borracho -para variar-, al manipular el puñal con fanfarronería se causó heridas graves en una mano y en el muslo derecho. Asustado, lo regaló al Pérez arriba mencionado quien, después de la minuciosa investigación que permitió escribir esta relación, me lo obsequió.
Dejo el arma en su caja, junto con esta nota, en una cajilla de seguridad bancaria, motivado por razones morales pues resulta bastante cierto que, siguiendo el tiempo su decurso, tan malhadado objeto caería de nuevo en manos inciertas para volver a las calles con su horripilante bagage de muerte y tristeza. Así, el arma sería protagonista de otra historia de todos los dias. A pesar de tratarse de una falsificación es innegable su eficacia y, por su historia, es un auténtico objeto de colección.
Si algún día se abre esta cajilla, suplico a quienes lean esta nota destruir el puñal, la caja y la presente".
No habiendo sido posible localizar legítimos herederos del señor propietario y dado que la nota citada carece de calidad testamentaria, se procede conforme a lo dispuesto en la ley de la materia y se ofrece el contenido de la cajilla en pública subasta. El infrascrito notario, de lo expuesto, DOY FE.
Publicado en la página 23 del diario La Republica, el lunes 20 de diciembre de 1993.
Versión urtext, sin editar, publicado en Mis inséctos son ángeles, Letra Negra Editores, Guatemala, 2002. ISBN 99922-42-17-5. Foto: “Himmler”, tomada del sitio web, German Daggers.
El teleevangelista y fallido aspirante a la candidatura para optar a ser Presidente de Estados Unidos, Pat Robertson (Lexington, Virgina, 1930), fundador y CEO del 700 Million Club, aparte de otra decena de organizaciones más, clamó para que Hugo Chávez, Presidente de Venezuela, sea asesinado por agentes secretos estadounidenses. Así, según su discurso, Estados Unidos salvará miles de vidas y se ahorrará dinero, porque se evitará una guerra contra un presidente que es “un enorme peligro para nostros”. Según Robertson, Venezuela (y su petróleo, léase) está en una zona que directamente afecta a los intereses de Washington.
Se cuenta que cuando el general Patton le ordenó a uno de sus capellanes que escribiera una oración para suplicar apoyo divino y así ganar una compaña contra los nazis, el religioso le recordó que no se puede pedir por la muerte de un hombre. Robertson, invocando hoy la Doctrina Monroe, en cambio, asume un papel absurdo, anacrónico y estúpido. El del anciano que prodiga sus consejos bajo la supuesta égida de la iluminación divina. Desde tiempo inmemorial se ha clamado a un ser superior para combatir al enemigo. Lo hicieron asirios, babilonios, griegos y romanos y también judíos. La iglesia medieval utilizó el nombre de Dios para decretar la peores masacres. Aun hoy el mundo sigue luchas justificadas por inspiración divina.
Conociendo la trayectoria del teleevangelista, innecesaria de exponer acá porque abundan notas sobre ella en la Red, cabe preguntarse a qué intereses sirve este personaje mendaz, varias veces galardonado por las más fundamentalistas creencias y posturas políticas, entre ellas la Zionist Organization of America. ¿Será simplemente una boutade estúpida o será que el señor de la palabra ya se desvergonzó y se publica, para quienes puedan leer entre líneas, como un vil testaferro de los señores de la guerra?
La respuesta es compleja, aunque tal vez sea innecesario encontrarla. Podría bastar con pintarlo como a un viejo fundamentalista, parte de una corriente, contraparte de la que George W. Bush ha jurado destruir, para preservar la paz del mundo y a sus libertades básicas, en Oriente.
Pero, sin supuestas conspiraciones contra Chávez, el solo pedido de Robertson lo revela como a un hombre duro, impío y aetíco. Un cuadro nada nuevo para un zorro más que viejo en el arte de la impostura, la manipulación y el escándalo. La imagen ideal que ha querido vender, con mayor o menor éxito, finalmente se ha fundido con la verdadera, la que descubre a un negociante de esa Palabra que él, y miles más como él, nos quieren vender como la Verdad. Me temo, con tristeza, que siempre habrá quién le compre ese producto, por maltrecha y endeble que sea su calidad.
“El 24 de agosto de 2005 el teleevangelista “clarificó” su solicitud de asesinato.
“Give me four clear days so that my planes can fly, so that my fighter-bombers can bomb and strafe, so that my reconnaissance may pick out targets for my magnificent artillery. Give me four days of sunshine to dry this blasted mud, so that my tanks may roll, so that ammunition and rations may be taken to my hungry, ill-equipped infantry. I need these four days to send von Rundstedt and his godless army to their Valhalla. I am sick of this unnecessary butchery of American youth, and in exchange for four days of fighting weather, I will deliver You enough Krauts to keep your bookkeepers months behind in their work. Amen”. Fragmento de la oración que el general Patton escribió en la Fundación Pescatore, Luxemburgo, el 23 de diciembre de 1944, según este sitio.
Foto: Adrian Barnett, 1998.