"Yo nunca había estado en un concierto como ese; la verdad, estuvo bien kalidation Lic.", me dijo un compañero piloto de Iepades a quien invitaron al concierto de Metallica. Fue un evento histórico, los posts en la Red, los comentarios de viva voz y las publicaciones de prensa así lo atestiguaron. Hubo exaltación (El Aguafiestas), satisfacción (En la mitad de la vida, pero posteado en FB) y conmoción (un cuate postearía después en FaceBook que Nothing Else Matters lo hizo llorar, que esa canción ha impedido su ejecución del Tercer Acto en más de alguna vez).
En mi caso, sucede que nunca he sido fan de congregarme para nada, perdí la fe en Metallica desde los días de su suplicante lucha contra Napster y a pesar de tener reservado un boleto, rajé a última hora. Mientras el mundo conocido celebraba en el Estadio, yo apagué mi compu y fuyí a mi casa cual si fuera un cobarde. No eran todavía las nueve de la noche cuando entró la primera llamada, de El Hijo de Pooh, para contarme cómo estaba el ambiente. No taradaron en arribar más, casi 20 en total. Una, la segunda, fue la más significativa. La voz de un hombre borracho, garrasposa, me reclamó impasible, "¿verdad mierda que no vas a venir al concierto?". "Fijate", quise razonar, "que no será posible porque...". "Porque ni mierda, cerote, hijo de la gran puta". Y colgó. Dos o tres chavas también llamaron, dijeron que las chelas estaban buenísimas y que el concierto las había llevado al orgasmo, pero eso fue después, más allá de la media noche.
Por fin lograron hacerme sentir alienado, el distinto, el malquerido, el traidor al grupo. Pero pronto, el cuero de danta llegó a mis espaldas y los escalofriantes accesos de culpa desaparecieron. En mi trabajo también fui blanco de rudas bromas, la factura pagada por haber sido prepotente y fanfarrón. La verdad dudé hasta casi el último momento, sobre si iba o no. La balanza se movía de un lado a otro, como cuando se pesan adarmes o tomines. Hasta que el susurro de un ángel me hizo quedarme sólo otra vez.















